jueves, 26 de agosto de 2010

Lo que uno se encuentra cuando camina sin rumbo

Lo que uno se encuentra cuando camina si rumbo. La ciudad está empapada, se acerca la tormenta y no he traído mi paraguas. La tarde parece desilusionar al principio. No hay clases, no hay compañeros con quienes pasar la tarde. Algo desencantado tomo el camión y me dirijo a casa. Pero entonces un recuerdo me atraviesa… el encuentro de escritores. Cambio mi rumbo hacia el zócalo, a la Casona de Juárez, para pedir información sobre este evento. Al llegar ahí entro a los baños públicos para cambiar mi camisa (siempre llevo una camisa de repuesto en la mochila), pues la otra ya estaba insoportablemente empapada por la lluvia.
Al salir de ahí encuentro un sitio donde comprar un cigarro. Lo enciendo, doy las gracias al vendedor y rotando los talones me alejo rumbo a la Casona de Juárez. En la entrada hay un hombre de aproximadamente cuarenta años, rostro endurecido pero voz amable, y al yo acercarme él me invita a pasar, hay un taller de poesía en proceso. Acepto pero le muestro mi mano, indicándole que aún no terminaba mi cigarro, él me dice que no importa que así puedo pasar. Confiado en las palabras de ese hombre penetro en el recinto, aún temeroso, tomo asiento, pidiendo permiso a los asistentes solo con la cabeza. Aunque, de pronto noto el disgusto de por lo menos cuatro de ellos al notar que aún seguía fumando, no así del coordinador de grupo, aparentemente uno de los poetas mexicanos más respetados de la actualidad, siento dudas a respecto. Decido ignorar a los que me ven con caras de desagrado.
El poeta habla sobre la poesía, de cómo esta no es para responder a pregunta alguna, sino para crear más preguntas. La poesía lejos de ser la respuesta, crea cuestionamientos constantemente, y es ahí donde yace parte de su belleza. Indica a continuación que hará una dinámica en la que nos hará responder a unas preguntas que él nos hará. Para entonces yo ya he apagado mi cigarro, sigilosamente, pues las miradas acusadoras no cesaban de caerme encima. Entonces sucedió que uno de los asistentes, un tipo moreno sentado a mi lado, que me pareció desde que lo vi vagamente conocido, dice levantando la mano: “yo tengo una pregunta, ¿Qué hace un fumador en la mesa de unos escritores y poetas?”. “Ya llegaremos a esa parte en la que ustedes hacen las preguntas, primero deben responder a estas que yo hago ahora”, interpuso el poeta. Y así quedó acallada la indirecta muy directa que ese personaje lanzara sobre mí, de inmediato me resulta un tipo algo antipático, pero decido permanecer callado.
Entonces da comienzo el ejercicio: ¿Qué es el miedo? Dirigiéndose a mí: “un monstruo” respondo yo, aunque al momento me arrepiento de mi seca respuesta. Y el poeta nos dice que vayamos más allá, que “nos soltemos el pelo”. Sigue la ronda de preguntas. ¿Qué es el despertar? Pregunta a una mujer frente a mí. Y su respuesta fue: “es descubrir que estabas muerto”. ¿Qué es tu nombre?: “es un pestañeo en la tempestad”.
Las preguntas siguieron. Y entonces llega la siguiente parte del ejercicio. El poeta que dirige el taller nos pide que hagamos preguntas a quien queramos y que este la responda. Y así soy yo quien comienza preguntando a la mujer frente a mí: ¿Dónde queda el paraíso? “En un jardín secreto detrás de mi casa”. “Que clandestino” susurra en voz alta alguien, causando la risa inmediata de los asistentes.
La sesión avanza. En cierto momento me entró la idea de tomar un porte demasiado teatral o una máscara de inmutabilidad, pero me siento tan cómodo entre esos desconocidos que ni siquiera lo intento, rio cuando quiero hacerlo, sonrío cuando lo necesito, hablo cuando debo. Es como si de pronto me encontrara en mi propio elemento, como si nadie necesitara explicarme cómo funcionan ahí las cosas, como si estuviera justo donde debo estar.
La sesión de preguntas continúa y una mujer me dirige la pregunta: ¿Qué es el amor? Dudando, al principio respondo “Demasiadas historias a las que se les olvidaron ponerles nombre” (en ese momento escucho un: “bien”, a modo de aprobación por parte del dirigente del taller) luego con una sonrisa de malicia lanzo una pregunta aparentemente al aire con la intención de crear una reacción: ¿Qué hace un fumador en la mesa de los escritores?, luego de espetar la cuestión toco disimuladamente con la goma del lápiz a aquel moreno que antes había hecho esa misma pregunta, pero a destiempo. La reacción de todos no se hace esperar. Las carcajadas se sueltan estrepitosas. Balbuceando el pobre hombre solo susurra algo parecido a: “no se, ¿lanzando bendiciones?”.
Luego termina ese taller con unas palabras finales del poeta y una invitación a asistir a los talleres y conferencias del encuentro de escritores que estoy perdiéndome mientras escribo esto.
Camino por el anochecido zócalo, las lámparas rutilan en medo del aguacero. Extiendo la mano, no para saber si llueve, ello lo tengo muy claro, sino para mojarme los dedos, y sí, todos ellos se mojan, excepto el anular, ni una gota calló sobre este dedo proscrito de Tláloc.
Mientras escribo esto noto con un dejo de desilusión que el sol atraviesa ya las nubes, parece que ya no lloverá. Ello me causa cierto desencanto.
El cero punto uno por ciento de la poesía está en libros y publicaciones, y el resto de ella se encuentra en la vida. La literatura no interpreta o describe la realidad, sino que la aumenta, hace coexistir mundos paralelos.

martes, 1 de junio de 2010

domingo, 30 de mayo de 2010

A destiempo y sin café / La madrugada en el paladar

“Hay puertas que solo sirven para estar cerradas”

Eduardo Ruiz

Son pocas cosas las que hoy me mantienen despierto, la madrugada parece prometedora, en sus nubes paseándose por el cielo, ocultando los astros voyeristas de mis sueños y calamidades, yace mi sonrisa. Me hace falta el tabaco que perfuma mi inquietud tan a menudo como soy incapaz de acallarla. Son realmente pocas cosas las que esta madrugada me impiden el sueño, no es el anhelo por las primeras gotas de la temporada, no es este sueño que me tortura los párpados con sus costuras, no es el perfume a sangre que aromatiza el ambiente desde algún rincón oculto donde el gato desmiembra a su presa.

¿Cuántas semanas han pasado desde que su ilusionada mirada cayera sobre mi piel, desde que desvié mis labios de los suyos y desde que me sorprendí aborreciendo lo que ella llegó a significar para mí? Tal vez necesito manchar mi piel con ese escarlata de sus besos por una última vez y darle lo que quiere, pero se que ella necesita más que la tierra que nos separa sea medida en tiempos no coincidentes. Aún cuando le sea doloroso, serán heridas que cerrarán al final, serán cicatrices que narrarán noches arcaicas, tiempos ingenuamente felices.

Un día te lastimaré, tanto, un día mereceré tu desprecio por sobre cualquier criatura en el mundo, un día seré la representación misma de la maldad ante tus ojos, habré roto la bella visión de la vida que te caracterizaba, un día no podrás recuperarte de mi equivocación y seré para siempre un rencor anidado cual parásito en tu alma desencantada. Y yo no tendré palabra de aliento o súplica de perdón alguno, lo suficientemente efectiva como para cauterizar la herida que sangrará en tu espíritu. Deberías saberlo, ese día me dolerá también, me romperá alguna delicada hebra vital, pero no esperes que me sienta culpable. Cuando suceda, me sentiré condenado más no habrá culpa de la cuál deber arrepentirme.

Definitivamente existen puertas que solo sirven para permanecer cerradas, de esas que anuncian posibilidades que nunca deben contemplarse, de esas de las que solo un ser desesperado ignora los fuertes candados que la mantienen en esa eterna condición. Clausurada (¿alguna vez estuvo abierta?) por el miedo, por la vergüenza, por la culpa, tal vez por un intento inútil de mantener cautiva una endeble voluntad que finalmente logra escabullirse por secretas rendijas hacia el exterior del que ha sido vedado, dejando candados inútiles, bloqueando una salida, por la permanencia de la costumbre más que por verdadera utilidad.

Y aquellos labios permanecen lejos, y hay lobos reclamando mi alma para ofrecerlos en sagrado sacrificio a su hambre, y esa mirada de esmeralda malsana se cierra suplicante, y yo le entrego al cuervo del sueño mis retinas cansadas, para no ver que el plazo ha alcanzado mi cuello y me estrangula, y me abandona después, tal vez es más cruel pertenecerle a mis decisiones que a mi destino, al final. Si abres la lata de gusanos debes saber cerrarla.

domingo, 11 de abril de 2010

De la teoría de los aguijones y las anomalías del devenir


¿Quiénes son los aguijones? Es una pregunta complicada de responder, puesto que los aguijones son tantas cosas. A saber. Son seres humanos, aunque también es sabido que no son normales. Hay algo en todos ellos que les diferencia del resto. Generalmente son personas con sentido de intuición y de curiosidad muy elevadas, con actitud crítica hacia todo lo que la humanidad representa. Suelen tener vidas complicadas, talento artístico, fortaleza, y/o inteligencia sobresalientes. El hecho es que todos poseen en común que padecen alguna clase especial de excentricidad (fobias ridículas, obsesiones bizarras, filosofías fuera de lo común, gustos extraños, métodos poco ortodoxos, o alguna otra cosa rara y fácilmente distinguible). En cierto sentido todos ellos suelen ser tomados por locos o sabios, o ambos.

Los aguijones poseen, aún sin que ellos mismos se den cuenta o tengan plena conciencia de ello, un propósito por el cual existir. Sus vidas (o sus muertes, según sea el caso) jamás son en vano. Podría decirse que de algún modo son herramientas cuya función es redirigir los destinos de aquellos que los rodean, hacia algo más grande que ellos mismos, y cuyo resultado final aún es indefinido, aún sigue siendo incierto. La humanidad depende, en todo caso y para bien o para mal, de los aguijones para poseer un porvenir.

Los hay dispersos en todo el mundo, no son fáciles de reconocer, pero generalmente suelen ser aquellos que hacen la diferencia, incluso si esta no es percibida ni por ellos mismos. Son seres de gran amplitud espiritual. Son capaces de modificar la forma de pensar y de conducirse de los que le rodean (aunque habitualmente esto no ocurre apropósito). Poseen una gran presencia o muy poca, en ese sentido se van a los extremos, pero su influencia sigue siendo igual de enorme. Así, resultan ser aquellos a quien todos voltean a ver al entrar a una habitación plena de personas, o, al contrario, aquella figura misteriosa que se mueve entre la multitud sin que nadie se percate de su presencia.

Ocasionalmente desarrollan habilidades o cualidades psíquicas, sociales o físicas que los distinguen aún más del rebaño. Así, pueden ser capaces de “darse cuenta” de las intenciones ocultas de otros por medio de una intuición muy desarrollada, o pueden tener poder de persuasión casi innato, podrían ser capaces de realizar proezas acrobáticas no acordes con su complexión o estado de salud, podrían ser inmunes a enfermedades variadas, quizá tengan algún sentido desarrollado más que los demás, o quizá posean un encanto que podría ser casi sobrenatural, también puede que sean hábiles negociantes o maestros del engaño, y un largo etcétera de posibilidades. Incluso podrían ser seres tan normales que llegan a resultar extraños (Una vez alguien dijo: “hay tanta gente rara que ser normal es ya algo muy raro”).

Ellos mismos, generalmente no tienen conciencia de ser aguijones, aunque sí perciben una incomprensible y considerable diferencia entre ellos y el resto de la gente. Así también suelen tener una capacidad intuitiva innata para reconocerse entre ellos, incluso a través de fotografías o con solo una vez que se hubiesen visto. Los aguijones redirigen el destino de todos aquellos con los que se relacionan, pero jamás el de otro aguijón.

Los aguijones suelen actuar como sacerdotes de su propia religión y muchas veces resultar mártires de su propia causa. Así a veces, por sus filosofías sui géneris, resaltan como especialistas en el análisis y/o praxis de alguna faceta especial de la vida, de la existencia en sí. Lo más importante para un aguijón es vivir bajo sus preceptos, los cuales no son los de nadie más, y generalmente van evolucionando en un ámbito superficial, pero, en sentido Husserliano, en lo esencial permanecen inamovibles.

El si los aguijones nacen o se hacen aún está en discusión. Aunque lo más aceptado, hasta el momento es que se nace para desarrollarse como aguijón. Se presupone que el potencial para ser aguijón no se encuentra despierto desde el nacimiento (salvo extraordinarios casos) sino que se va despertando poco a poco con lo que la vida y la experiencia van permitiendo, o de modo repentino tras un gran despertar de la conciencia detonado por algún evento de gran importancia en la vida del aguijón. Lo cierto es que si el potencial del aguijón aún no está despierto (incluso cuando se haya nacido con él) sigue perteneciéndole a las masas y siguen siendo tan susceptible como estas a la influencia en el porvenir de otro aguijón ya despierto en su potencial. Es probable (teóricamente) que el propósito en la vida (o la muerte) de algún aguijón sea, precisamente, despertar a otro aún más influyente. Los aguijones son tan diversos que ni siquiera se pueden comparar con facilidad entre ellos mismos.

La denominación de aguijón es algo que en sentido alegórico se refiere a que son veneno, infección y enfermedad del destino. Su sola existencia es una anomalía del devenir. Además de que su influencia suele propagarse hacia el hado del resto de las personas tal como lo haría un virus o un veneno que es inoculado a través de ellos. Por ello es que se les nombra (cuasi-románticamente) aguijones.

Un fenómeno teórico con respecto a ellos es que algunos no son aguijones más que por tiempo limitado, en lo que tardan en cumplir con su propósito, y cuando lo hacen algo sucede, el potencial se duerme una vez más, tal vez para siempre o tal vez hasta que se les otorgue un nuevo propósito para el cual despertar. Por su puesto este es un evento totalmente teórico del que no hay suficiente evidencia.

En un sentido poco reconocido, se podría comparar a los aguijones con el superhombre de Nietzsche. Ambos hacen de la afirmación de valores totalmente nuevos su eje vital y son seres libres de las ataduras de filosofías ajenas. Los aguijones son autónomos y se suelen comprender a sí mismos como auto-divinizados o teocidas.

Ser un aguijón no es el propósito o la meta de nadie, y no debe serlo. Pertenecer a esta extraña especie de humanos resulta muchas veces tormentoso a muchos niveles y muy poco satisfactorio. Cargan con la incomprensión y/o el desprecio de las masas y con los propios demonios que llegan a ser más agresivos y peligrosos que los del promedio. Sin embargo, el llegar, en algún momento, a cruzarse con un aguijón es una inevitabilidad histórica, no porque sean muchos, sino porque (y por más extraño que suene) está escrito (otro modo de decir que es necesario e inminente). Ellos redirigen el destino del rebaño, cual incidentales pastores o accidentes en el terreno. Podría decirse que uno de los propósitos de los aguijones en general es despertar al rebaño, por así decirlo, y ayudar a sus miembros a dirigir mejor su propio destino. Es así como los aguijones operan. No tuercen el destino de otros de forma directa, sino indirectamente. Eso es lo que les otorga algo de belleza. Como dice Sartre, la libertad es lo que hacemos con lo que nos hacen.

Los efectos de la influencia de los aguijones (ya sea por acciones directas o indirectas) muchas veces resultan inmediatamente contraproducentes para muchos, pero a largo plazo llegan a ser beneficiosos incluso al grado de sentir que de no ser por ellos, las cosas habrían resultado irreconocibles. Es por ello que ser aguijón implica una cuota de responsabilidad inconmensurable.

Si hubiese (que no la hay) una corte de justicia ultraterrena, sería a ellos a quienes se les exigirían más explicaciones y rigurosos reportes de sus acciones. Cuando un aguijón cobra consciencia de su poder e influencia sobre otros (cosa que muy pocas veces llega a suceder) se descubre perplejo y tremendamente asustado de sí mismo. Como el guerrero que teme a su propia espada, exactamente como debe ser. El guerrero que no teme a su espada no merece blandirla.

viernes, 12 de febrero de 2010

Penosa apología de la literatura inintencionada

Hace ya mucho tiempo que no escribo algo que valga la pena ser leído, ni siquiera por mí. Mi cabeza ha estado perdida en banalidades y sin sentidos. Es culpa mía, lo sé, qué más da.
Sin embargo sucede, como suceden muchas otras cosas, que la inspiración va y viene en los momentos más inoportunos, y así se me escapan de pronto pequeñas frases que encierran todo un alud de sensaciones y efímeros pero intensos sentimientos, de historias íntimas e ideas sin forma que me golpean repentinamente, me siento obligado a decir cosas, generalmente carentes de significado, por lo menos no al echarles una ojeada posterior, pero en el instante son la definición exacta y perfecta de cada impresión inmediata, de una nueva filosofía que nace y muere en temporadas medidas en minutos.
Pero son solo unas pocas palabras que pocas horas después han sido despojadas de todo aquel poder que ostentaban apenas fueran pronunciadas. Su filosofía se muere cuando el olvido arriba.
Confieso que ahora mismo no me encuentro particularmente inspirado, pero tomo conciencia de este fenómeno de inmediatez literaria y aún así me cuesta trabajo describirlo. ¿Qué le sucede a las grandes ideas que tan solo duran un aleteo de libélula y se esfuman dejando una estela de desencanto? ¿Siguen ahí, almacenadas en alguna oscura cajita de zapatos de la memoria donde el punto ciego de la conciencia las oculta de mí? ¿Acaso mueren frías y despojadas de la magia y la carga sentimental que lucían a la hora de surgir?¿Volverán algún día o es que son como el agua en la corriente de un río y ya no es posible recuperarlas? ¿Importa realmente?
A mí me importa, a mí me afecta, a mí me hiere, finalmente, soy un personaje en la literatura de un mediocre. No me lastima saberlo. La mediocridad no es mi enemiga, lo descubrí hace ya mucho tiempo, cuando escribo no siempre tengo algo que decir, hay veces en que ni una sola letra tiene el menor de los sentidos. Hoy el sueño me arranca las ideas, y los bostezos me ciegan momentáneamente. Pero una seguridad se cierne con timidez: La literatura, para ser literatura, no necesita de profundidad, de rebuscados significados, de filosofías complejas, de intenciones, ya sean sociales, poéticas, grandilocuentes, intimistas o cualesquiera. Y aclaro: ¿Acaso he dicho que la literatura intencionista o pretendente es mala o innecesaria o desagradable?
Solo digo que estoy a favor de los escritos altamente subjetivos y sin ningún designio definido. Me gusta leer cosas que alguien más ha escrito solo porque quería hacerlo o sintió que debía hacerlo. Poesía sin ritmo, novelas sin historia que contar, manifiestos sin propósito, ensayos sin tema, fábulas sin moraleja, epopeyas sin gloria, canciones acerca de nada.
La literatura no intencionada me resulta, en muchos casos, encantadora. ¿He dicho que la mejor? Leo palabras de aparente incoherencia y permanezco intrigado solo un momento hasta caer en la cuenta de que realmente no hay nada dicho ahí, y esto me deja un sabor agradable. En cierto grado sé que el significado existe solo en el complicado (o somero, pero no menos interesante) universo del casi siempre anónimo autor de esas intrigantes incoherencias. De un modo análogo a lo que me sucede cuando un repentino pinchazo de inspiración penetra en mi piel y me hace decir —algunas veces también escribir— cosas que con el paso de los minutos perderán todo el significado e historia que alguna vez poseyeron.
Finalmente Quod sicripsi, scripsi.

lunes, 30 de noviembre de 2009

(Un mal haiku)

un cojìn roto

sàbanas arrugadas

geologìa

sábado, 21 de noviembre de 2009

Demasiado tarde para recapacitar...

¿Quién es capaz de negar que soy dueño de mis equivocaciones?, pasadas y futuras, ese determinismo trágico que me encarcela en las palabras desencadenadas, esos deberes que surgen en lejanías que cada vez se vuelven cercanías más y más. Como la sentencia que no se anula, tan solo se pospone, o la caída elíptica de los planetas al sol, por siempre precipitados a los abismos heliocéntricos sin llegar jamás al fondo. Esa es mi horca, estos son mis grilletes, tales son los barrotes que no me permiten evitar las resurrecciones, sin muertes definitivas, cadáveres que se niegan a morir, recuerdos que no quieres ser olvidados, cicatrices que no sanan jamás vueltas a abrir, como tumbas profanadas. Aquellos sueños que sintonizaban con los míos hoy son pesadillas, o tal vez solo incertidumbre, o tal vez… solo incertidumbre…
Se levanta esa sombra del pasado, de ese ayer en que yo era otro, en que el mundo era distinto porque mis ojos no eran los mismos de hoy, no pertenecen a la misma persona, pero este hoy que nombro, este que ahora presume una estampa distinta ha cometido la equivocación de volver a mirar atrás, hacia aquel lejano ayer de los desvelos, de las amargas mieles, de los fantasmas, de los perdidos y miserablemente añorados placeres, a esos arcaicos amaneceres de la ingenuidad y el miedo, hoy deshonrosas. Esta y todas las resurrecciones terminan siendo de mi responsabilidad, que con todo y la “nueva estampa” de la que me jacto, sigo siendo imbécil, defecto y virtud, pobreza y grandeza, olvido e invocación. Los fantasmas vuelven cuando más nos empeñamos en olvidarlos, porque es cuando más los recordamos.
Otro “descanse en paz” se ha postergado, de mi boca las moscas, de mis manos los gusanos, de mi pecho los exhaustos latidos, de mis venas el vapor de sangre, de mis ojos la indiscreción, de mi alma un lastre inherente a las alas. Ahora mismo es demasiado tarde para recapacitar…
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