He descubierto, a lo largo de mi vida, que las personas llegan a tener, por lo regular, dos impresiones de mí, ambas equivocadas. No son regla, solo hablo de estadísticas personales. La verdad es que no se qué pensar al respecto ni qué actitud tomar. Por lo regular termino riendo.
La primera impresión equivocada que las personas tienen sobre mí es cuando no hablan conmigo. Solo me ven pasar, llego caminando a algún lugar y descubren un andar oscilante, algo torpe (como de zombi, me han dicho algunos), mis ropas fuera de moda (más bien ajenas a ella), en mi rostro una expresión constante de hastío que es tomada por una manifestación de bobería. En pocas palabras, y según algunos comentarios que otros me han hecho, llegan a pensar que soy alguna clase de ser poco inteligente, bastante bobo e inspirador de condescendencia.
Generalmente me río, de una forma muy franca, de ese tipo de impresión sobre mí cuando me es manifestada por alguien que la ha tenido. No me enoja y tampoco me ofende, más bien me divierte.
Pero entonces surge la segunda impresión de mí que está equivocada también. Una vez que alguien interactúa conmigo, que me escucha hablar, usando palabras y expresiones rebuscadas y
un acento algo recargado, con una voz gruesa, tal vez profunda (todas estas descripciones son de personas que me las han comunicado, no son mis propias palabras), entonces les inspiro algo completamente distinto. Llegan a creer que soy un erudito, una especie de sabio juvenil con respuestas a todas las preguntas, creen que tengo un coeficiente intelectual de 190 y que leo un libro entero cada día, y al ser un cúmulo viviente de refinamientos cuasi teatral, me perciben con cierto aire arrogante y elitista sin sentimientos y de actuar frío y calculador.
Una vez más se equivocan, y cuando llegan a descubrir que esas expectativas tan altas en las que me colocaban no son cumplidas por mí, y que en cambio resulto mucho más mundano, se sienten absurdamente desilusionados. Cuando llegan a manifestarme esta desilusión suya, me divierte también, tal vez incluso más que cuando descubren que no soy un soso bobalicón.
No soy ni una cosa ni la otra, me parece hilarante como las personas tienen el ideal tan polarizado, tan drástico. O soy una cosa o soy la otra, no puede haber más… absurdo.
Por mi parte mantengo la filosofía de jamás dejarme llevar por las primeras impresiones, ni por las segundas. Resultan útiles, para una especie de examen preliminar, pero jamás son ni deben ser tomadas como absolutas, las apariencias engañan, siempre lo hacen y tratándose del género humano esta es una ley inquebrantable, eso sin mencionar que constantemente evolucionamos. Quienes califican de inmediato a alguien, quien etiqueta a las personas que le rodean, resultan muchas más veces equivocados y desilusionados de lo realmente sano y necesario. Curiosamente son quienes más se resisten a rectificar sus perspectivas rígidas aunque sean contradictorias con los hechos.
Ellos sí que me inspiran condescendencia.






