miércoles, 18 de julio de 2012

El aroma del humo ajeno


El aroma del humo ajeno. Ese vago vapor que sahúma mi camino. De algún modo que no consigo explicar del todo, me revitaliza, me impulsa a dar un paso más. Pero no. No me impulsa a avanzar como quien busca cumplir sus metas, como quien busca la grandeza o el éxito. No es así. Me impulsa más bien como quien de pronto descubre un nuevo significado. Como quien ha recordado una palabra vieja que luchó tanto por recuperar en su memoria. Como a quien le han quitado los pies pero ha aprendido a volar. Como el que descubre de pronto un nuevo color en el arcoíris. Como quien ha aprendido a sonreír en tiempos de desconsuelo. Como quien ha hallado una razón nueva para levantarse. Como el artista a quien se le manifiesta su musa recostada en su lecho. Como quien descubre la palabra exacta para describir el sentimiento preciso que lo embarga. Como quien es testigo de un efímero pero hermoso evento.
Así es como el aroma del humo ajeno me impulsa. A redescubrir pequeños placeres. A vagar por pensamientos llenos de profundos y abstractos significados. A esbozar una sonrisa, leve, fugaz, placentera en la oscuridad. A contemplar admirado el breve instante en el que ahora mismo vivo. A ser la bolsa vieja de nylon a la que arrastra el viento.
Ausente, olvidado, desconocido, prescindible, libre, tal como siempre quise ser. Por lo menos por un momento, por lo menos durante unos segundos. En este viejo suelo mojado por la lluvia en el que poso mis pies cansados, ahora mismo soy libre. Libre en un sentido tan abstracto que describirlo sería imposible. Libre de ser la montaña lejana. Libre de caminar a la velocidad de mi respiración. Libre para cantar la canción cuya letra no conozco. Libre para enamorarme de fantasmas. Libre de olvidar. Libre de ser olvidado. Libre de soñar despierto. Libre para embriagarme con el aroma del humo ajeno.
Y mientras camino con esa sonrisa que a más de uno se le antojaría siniestra, la catedral al otro lado de la calle reluce en la oscuridad. El húmedo y frío aire de la noche completan la atmósfera necesaria para estar una vez más, parado ahí, pero vagando por lejanas orillas del pensamiento. Desde lovecraftianos confines.
“¿Qué tan lejos puedo ir?” pienso, mientras reanudo el paso, vacilante. Dejo escapar un suspiro de alivio, o tal vez de placer. 

jueves, 10 de mayo de 2012

Palabras de hambre - Hambre de palabras


Tengo hambre, la he tenido toda la mañana, debería salir a comer algo. O debería dejarme morir de inanición. Aún no lo he decidido. No me he dado el tiempo de pensar sobre lo que soy ahora. Sobre lo que tengo ahora. Sobre qué tengo que hacer ahora. Dejar ir algunas cosas, atesorar otras. Agradecer, tal vez al mismo tiempo que maldigo. Y maldigo con mucha frecuencia. Relaciones que caminan por la cuerda floja y duelen más de lo que tenía planeado soportar. Relaciones que se fortalecen con el paso de los días y las semanas, que gozo más de lo que tenía previsto aguantar. Sonrisas involuntarias en los momentos menos adecuados. Abrazos que ardo por recibir, por muy débil que esto me haga sentir, por más vulnerable que me haga parecer. Fuck you, world!
Quisiera, a veces, volver a aquellos días de inspiraciones pasadas. De responsabilidades nulas. Donde no tenía que preocuparme por dar buen ejemplo a nadie. Donde sufrir era más fácil. Aunque admito que hay muchas cosas que no cambiaría para nada de lo que hoy tengo. Ángeles mutantes que me abrazan, que me hacen sonreír, incluso involuntario a mí. Oportunidades que no se me volverán a presentar en la vida.
Aunque hay ocasiones en las que ya no me siento dueño de mí. Poco a poco le pertenezco al mundo en vez de a mí mismo. Poco a poco le pertenezco a otras voluntades. ¿Cuándo dejé de pertenecerme? La distancia cala hondo.
Extraño la presencia de muchas personas en mi vida. Las conversaciones profundas sobre temas profanos y conversaciones profanas sobre temas profundos. Las madrugadas bohemias de alcohol, cigarrillos y videojuegos.
Dramas innecesarios. Vivir me está costando la puñetera vida.
Mejor voy por un sándwich…

domingo, 22 de abril de 2012

As strong as your will...


Asumo mi responsabilidad. Soy el responsable de la sed que tengo, de mis zapatos sucios, de estas preguntas hacinadas entre mis dedos, del sueño que me tumba, de la sangre que brota de esa herida, de reflejo en ese espejo roto, de las palabras cáusticas que te dije una vez y de saberme irremediable.

Últimamente he estado pensando bastante en asuntos apocalípticos. No puedo dejar de imaginar este mundo al borde del colapso y la histeria. No puedo evitar desear un mundo al borde del colapso y la histeria. Lo deseo tanto que casi lo suplico. Despertar un día y ver cómo el fuego consume todo a mí alrededor. Paso tras paso, camino por entre las cenizas de una ciudad que ha sucumbido a las flamas y los gases nocivos. El polvo ensucia mis zapatos y estoy consciente de que parte de esa suciedad solían ser cuerpos humanos. Las grietas en los muros son cada vez más grandes. En el parque en el que solían jugar niños ahora hay solo columpios vacíos y ennegrecidos que se mueven suavemente por el viento de la tarde. La humanidad es solo un recuerdo en aquella gris inmensidad de fierros torcidos y concreto desmoronado que solían conformar una ciudad. Solo un recuerdo de un pasado glorioso, solo un recuerdo de un tiempo en que simios vestidos de Armani se paseaban por rascacielos, conducían porsches y celebraban fastuosas cenas de gala para recaudar fondo para la gente pobre. Hoy solo yo camino por aquí, utilizando mi obligatoria máscara de gas para no morir por la toxicidad del aire. Veo el mundo derrumbado a mis pies, aquello que solía ser un hospital ahora es un campo de escombro y en el parque el pasto se ha secado. Cuesta respirar, pero guardo un secreto, detrás de esa asfixiante máscara, sonrío.

Asumo mi responsabilidad. Soy el responsable de mi apocalíptica fantasía, del miedo que ahora mismo tengo, de mi maldita cojera, de la cicatriz que me recuerda que siempre podría ser peor y que en cualquier momento puede serlo, del humo que disfruto expulsar, de parecer el loco que canta mientras camina por la calle, de los secretos y mentiras que me receto a diario, de saber que no soy infalible, de los anacronismos que me persiguen y acosan y de saberme irremediable.
Un día miraré atrás y sabré que no pudo haber sido de otro modo. Un día, cuando mis zapatos estén sucios de ceniza.  

domingo, 8 de enero de 2012

Una triada de consejos que nadie pidió o Lo que me salió después de un tiempo sin escribir nada


Para ser justos, no soy la persona correcta a la cual pedirle consejos. Más bien me califico de mal ejemplo caminante y parlante. Soy alguien, más bien, dañado, quizá más que muchos. No ha sido esto culpa de malas experiencias ni una vida difícil. Más bien es fruto de lo contrario. Me considero una persona desafortunada, inconsciente, poco agradecida y más bien arrepentida de muchas cosas que ha hecho mal en mi vida. Las cosas salen mal de vez en cuando. Es imposible evitar pisar mierda cuando no miras tan seguido el suelo por el que caminas por distraerte hallando formas en las nubes.

Cuando digo que soy desafortunado no me refiero a que la vida ha sido injusta conmigo, ni ha que he tenido que pasar momentos difíciles, ni que he nacido con alguna incapacidad en algo. Más bien es exactamente lo contrario. Cierta ocasión, no conozco los detalles de por qué ni a quién ni con qué intenciones, Sigmund Freud dijo: “He sido un hombre afortunado, nada en la vida me ha sido fácil”. Y ahora me doy cuenta de ello. De pronto me doy cuenta, como nunca me ha pasado por la cabeza, de lo que esta frase significa. De lo que significó para él, de lo que ahora comienza a significar para mí (un hijo da la comodidad y el ocio).
Mirando hacia atrás me doy cuenta de que las grandes personalidades de la historia (pensadores, músicos, filósofos, científicos, líderes, guerreros, cineastas, revolucionarios, escritores, incluso políticos y un etcétera extendido hasta donde alcance la historia) han sido personas con una vida más bien borrascosa. Humanos que han vivido envueltos en extraordinarias historias, intrigas, traiciones, amoríos prohibidos, constante oposición, enfermedades (ora mentales, ora corpóreas), desdichas, infortunios, contrariedades, secretos, mentiras, idilios imposibles y la lista continúa.

¿Qué suelen tener estas personas en común? ¿En qué se parecía Sor Juana a Vlad Tepes, o Beethoven  a Tesla? Aparentemente personas completamente distintas. Pero todos ellos con un bonus. Ninguno tuvo una vida, lo que se dice fácil. Cada uno de ellos tuvo que luchar toda su vida (o gran parte de ella) contra muchas cosas, ya sea el machismo de la sociedad novohispana o la invasión de los turcos, ora una enfermedad incapacitante ora la pobreza y la infamia. Pero más allá de esto, de todo esto, ellos no pasaron a la historia solo por luchar contra todo ello, sino, más que nada, por haber trascendido a estos problemas. No necesariamente superarlos, más bien trascender a estos. Beethoven no se curó de su sordera, pero esta no lo detuvo. Tesla sigue siendo recordado hoy día como una de las figuras más reconocidas de la ciencia del siglo XX (y parte del XIX, ¿o es viceversa?), Vlad, bueno, es Vlad, su nombre resuena aún en nuestros días. Y Sor Juana nunca fue suficientemente frenada por el machismo que en aquella época era aceptado por convención.

Los personajes históricos anteriormente presentados son solo ejemplos, pero la lista es interminable. Sin embargo aquí (sea lo que fuere esto), más que nada trato de  referirme a las personas anónimas que trascienden y que no cuentan con su nombre escrito en piedra en algún boulevard o no dan nombre a ninguna calle de ninguna ciudad. Todos pasamos por esto, todos pisamos mierda alguna vez. Nuestro valor como personajes principales de nuestra propia novela interminable es medido con respecto a cuánto nos dejamos arrastrar por la corriente de mierda ( y perdón por usar mucho esta palabra, pero para ser sinceros me parece una de las más bellas y significativas de la lengua castellana) o cuánto es que buscamos la manera de nadar contracorriente, o simplemente salir flotando. Buscando nuestros propios métodos de sobrevivir al mundo, a la historia que nos tocó vivir.

Es curioso cómo aquellas personas que has salido libradas (quizá no ilesos) de su propia historia, al final aprenden el valor de muchas cosas que antes no sabían que podían perder. El valor, por ejemplo de un buen consejo, de un abrazo sincero, de un amigo, de una canción adecuada para su estado de ánimo específico, de una comida caliente, de tiempo libre. Esto termina por convertirlos en personas conscientes de esto y humildes ante la posibilidad de perder lo antes ignorado, más no resignados (pues generalmente están dispuestos a luchar por lo que creen correcto y defender lo que consideran que deba ser defendido).
Y de pronto ellos, los que trascienden intentan darle un consejo al neófito que este suele pasarse por sus peludos testículos. Y ahí estamos ahora. La generación del internet y CartoonNetwork de la pasada década (porque he de admitir que yo disfruto de las caricaturas a pesar de mi edad).  Los que vivimos en la era de los teléfonos inteligentes y las personas idiotas. La era del Dr. Simi bailando reggaeton y el cambio climático. Ahí estamos, pretendiendo que la vida ha sido fácil, que la historia se escribe sola y que no contribuyo a esta. Pero lo cierto es que somos, mariposas, y todos aleteamos nuestras alas. El desastre final será por causa de nuestra generación inconmovible y pasiva. Y lo triste es que la generación que nos sigue está aún peor.
 
Pero me estoy desviando del tema (si es que en algún momento tuve alguno). Lo que al principio intentaba decir es que soy, precisamente, uno de esos impávidos vástagos de la generación de los noventas (aunque ahora me doy cuenta que no los disfruté tanto como debí). Una generación a mediados de los veintes que de pronto descubre un mundo adulto completamente inmisericorde. Es como despertar de pronto de un sueño que se tuvo de la infancia mal aprovechada y la juventud desperdiciada. Los deseos de volver a ser niño son muy grandes. Pero también lo son los de conseguir el sueño de mi vida, el cual me motiva. Es solo que ahora me doy cuenta de algo importante. Durante mi vida no adquirí las herramientas necesarias para enfrentarme a las responsabilidades de la adultez, lo que significa que me será más complicado subir esta cuesta. No por ello imposible. Pues como dije, tengo un motivo.

Y es por esto que, consciente de que no soy la persona adecuada para hacerlo, quiero dejar aquí un consejo. Mi consejo, después de mucho meditarlo, es este: Por favor, equivóquense todas las veces que puedan. Hagan el ridículo de vez en cuando. Y siempre sigan caminando. (Al final fueron tres, pero son algo así como una trinidad).

Equivocarse es el modo más práctico de aprender. Suele ser muy eficaz para darse cuenta lo que se está haciendo mal y corregirlo. También crea un sentimiento de humildad y reconocimiento de la propia humanidad, muy necesarios para darse cuenta que no vivimos en el pedestal de nadie (y que aunque así fuera podemos caer en cualquier momento y con más facilidad de la que se suele creer). Por lo que nos ayuda a poner los pies en la tierra. Equivocarse es imprescindible para acumular experiencia, es útil para buscar nuevas perspectivas para resolver un problema, y es recomendable si quieres perfeccionar tu arte (sea cual sea esta). Y es que equivocarse no sirve de nada si no aprendemos la lección.

En cuanto a hacer el ridículo, pues es obvio (creo yo). Cuando nos exponemos al ridículo nos convertimos en personas más seguras de nosotras mismas. Claro, esto depende de cómo lo hagamos y de cómo enfrentemos más tarde esta experiencia. Es sabido que el miedo a hacer el ridículo es el miedo más grande de la gran mayoría de las personas en el mundo, incluso superando al miedo a la muerte. Por lo que estar dispuestos a ponernos en evidencia frente a otros nos convierte también en personas más valientes ante la vida. Desprendernos de nuestra catadura y jugar a ser payasos, a ser niños. Y es que, el miedo al qué dirán, al filo de la lengua del prójimo, a las miradas desaprobadoras  y los dedos acusantes se vuelve una carga, una celda, la peor limitante de la mayoría de nosotros. (Si quieres cosas que nunca has tenido, prepárate para hacer cosas que nunca has hecho).  

Y finalmente, seguir caminando (esta sí es obvia). Además de un excelente ejercicio, seguir caminando significa, más que nada, no permanecer en el pasado. Sí, me equivoqué, pero aprendí de ello y continúo. Sí, recibí burlas y acusaciones y menosprecios, pero en lugar de tomarlos en cuenta, continúo. (Sancho Panza: ¡Señor, los perros ladran! Don Quijote: Déjalos, Sancho, déjalos que ladren. Es señal de que avanzamos). Y no se trata esto de ser arrogantes ante la crítica, sino de tomarla en cuenta para mejorar lo que hay que mejorar sin que esto detenga nuestro avance. Somos perfectibles después de todo (a pesar de lo que digan esos descerebrados de los creacionistas) y como tales, somos susceptibles al cambio. Pero el cambio no debe significar en ningún momento un retroceso o estancamiento. (El que no sabe a dónde va es que ya llegó). Pero, al final significa esto, en palabras muy simples: si te caíste, levántate, sacúdete el polvo y continúa tu camino. Ser derrotado no significa que no puedas intentar avanzar nuevamente (aun cuando no sea por el mismo camino, puesto que hay muchos caminos).
Y nótese que no hablo de felicidad. Si buscas la felicidad no sigas estos consejos, porque no la conseguirás haciendo esto (además de que el concepto de felicidad es relativo). ¿Quieres ser feliz? Entonces, no busques más y confórmate. No investigues ni leas ni pienses demasiado. Pues la ignorancia da la felicidad.

No, estos consejos no son para ser feliz. Más bien sirven para enfrentarse a la vida sin morir en el intento. A fin de cuentas, trascender con más o menos buenos resultados a este río de mierda por el que navegamos. Pues esto fue, aproximadamente, lo que los grandes sobrevivientes de la historia (por sobrevivientes me refiero no a que han salido vivos de alguna gran catástrofe, aunque algunos sí, sino al hecho de que sus nombres, historia, acciones y legados son recordados aún ahora, ya sea diez o cinco mil años después de su muerte, memorias vivas) han  hecho. ¿Suena subversivo? Sin lugar a dudas que sí. Pero es solo así que nos podremos sobreponer a la mierda finalmente.

Y a fin de cuentas, Carpe Diem.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Disyuntivas... echando un vistazo fuera de la cueva


Reinterpretar la realidad, darle un nuevo significado a las miradas, sentir las cosas por primera vez, una vez más. La mirada va perdiendo color nuevamente, pero esta vez es diferente, esta vez siento que ando por el camino equivocado, que sin darme cuenta tomé la vía incorrecta, desde el principio. Tomé las decisiones erróneas. Es una espina que antes no tenía (o no sentía), una verdad que antes se escondía tras un velo de comodidad. Ahora es difícil salir de esto, ahora no me queda mucho más que seguir este camino en el que estoy ahora mismo. Si ya estoy aquí, mejor hacerlo bien.
Postergar mis deseos, ¿por qué no? ¿No lo he hecho ya antes? ¿No lo hacemos todos? Qué poco me puede llegar a importar el mundo. Que poca cosa se vuelve la realidad humana cuando la veo desde mi ventana.
Hay quienes tienen fe en la raza humana, que creen que llegará el día en que se redescubra a sí misma como parte de un mundo más amplio más abierto y del cual depende. Yo no estoy tan seguro. Parece como si el hombre hubiese hecho un gran cisma entre él y el mundo sin él. “Ya no somos naturaleza”, parece exclamar el homo sapiens hoy. Yo ya no soy tan optimista. Ya no puedo serlo. Incluso veo que la estupidez humana crece cada vez más. Las masas más fácilmente manipulables son guiadas rumbo a causas cada vez más inútiles. Y los pocos destellos de luz (que sí los hay y que aplaudo con respeto y reverencia) en este nuevo mundo ultramoderno son ignorados, pasan desapercibidos, son rechazados, e incluso llegan a ser reprimidos. La grandes mentes de hoy día parecen habitar en un submundo del que pocas veces se atreven a salir. El temor al poder en manos de los estúpidos oscurecidos se ha vuelto en algo digno de temerse. Arrogantes analfabetas presidenciales y leyes que reprimen la libertad digital.
Lloro por la humanidad.
No es verdad, no lloro, no se merece mi llanto…

(no estoy especialmente en mi mejor momento, por hoy es todo lo que quiero comunicar)

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Puntos suspensivos...

El mundo se cae a pedazos… Las cosas cambian a una velocidad vertiginosa… Soy demasiado joven para sentirme viejo y demasiado viejo para sentirme joven… Hoy he aprendido muchas cosas sobre quién soy y de lo que soy capaz, pero me he dedicado a olvidar sistemáticamente la lección… Una vez más, he estado a punto de tirar la toalla, una vez más me he resistido a hacerlo, y aún no sé si es fuerza o cobardía…
¿Quiénes éramos antes?... Resbalo por haberme resistido antes a caer, pendo del alambre… Los viejos demonios se asoman, esta vez no hay promesas en sus manos… Me empujan desde atrás… Se muere un pedazo de mí… El mundo sigue cayendo a pedazos… Las viejas costumbres, los nuevos desafíos, la mierda de siempre… Aún tengo la duda de si miento… Adaptarse o morir, la máxima ley de la vida… Quiero dormir todo un mes y no despertar más que para atender necesidades fisiológicas… ¿Soy el siguiente? ¿Puedo ceder mi lugar? ¿Tengo opción?...
No he aprendido a levantarme con suficiente eficiencia… La distancia cala… Duelen partes de mí que no sabía que existían… Prefiero dolor e incomodidad ahora y placer y apacibilidad luego que la desagradable alternativa… Creo en las segundas oportunidades, hasta que me doy cuenta que la lección no ha sido aprendida… El tren no espera a nadie, ni siquiera al conductor… Saber que somos hijos de estrellas muertas no me resulta ni tan reconfortante ni tan poético como asumía en un principio… Podemos esperar el futuro, o lo podemos crear…
Aprendo a sentir lo que antes no podía… La melodía mueve el ritmo de mis pensamientos… El mundo se cae a pedazos irremediablemente, y yo solo puedo observar… Edificaciones que colapsan… ¿Quiénes éramos antes? Creo que ya me pregunté eso y la respuesta cambia cada vez que se repite la pregunta… ¿Quiénes somos ahora?...
Puntos suspensivos…

viernes, 19 de agosto de 2011

La absoluta certeza de la AUSENCIA

Supongo que hay momentos en los que las cosas no salen como se planean. ¿Qué puede hacerse al respecto más allá de lo posible?

He tenido una especie de revelación. No sé cómo describirla y no está del todo desarrollada, no obstante, la plasmaré antes de que pierda fuerza en mi mente. Luego de ver varios videos religiosos en youtube, donde responden ataques de los trolls ateos, atacando a su vez a los “descarriados” con mensajes de esperanza y amor y tratando de dar razones a los ateistas para venerar a su Dios judeocristiano, me doy cuenta de una cosa. Eso en lo que he notado que han estado centrando sus contra-ataques.

Debo decir primero que la mayor parte de los ateos que pueblan este sitio de videos se divierten burlándose de los creyentes y atacándolos con mensajes blasfemos (no es como si no fuera divertido, de hecho lo es, y mucho, pero no siempre es inteligente). Otro porcentaje de los no religiosos exponen argumentos científicos que contradicen las enseñanzas de la biblia. Pero todo eso es inútil. Los creyentes no dejarán de ser creyentes, y de hecho algunos ateos tienen probabilidades de caer en el cristianismo (o cualquier otra religión que les funcione) más fácilmente que las probabilidades de que un cristiano se vuelva ateo (el cuál es mi caso). La razón parece estar (según he alcanzado a comprender) en la propia naturaleza humana. No. No porque el ser humano tenga en su naturaleza la necesidad de creer. No se trata de eso.

Iré por un café.

De lo que se trata es del miedo. Probablemente el miedo más primitivo que existe y del que pocos están plenamente conscientes. Un miedo que todos, todos sin excepción hemos tenido. LA FALTA DE SIGNIFICADO. A esta la llamaré simplemente la “ausencia”.

Ahora mismo estoy en el punto entre decidir ir a la cama o beber ese café y continuar mañana con estas ideas. Creo que dormiré, me hace falta y mis pensamientos estarán más lúcidos por la mañana luego de un baño y una taza de café.

Ya es el día siguiente, me he bañado y tengo una taza de café justo a mi lado. Negro y sin azúcar, como me gusta. Así que continuemos con esto.

Esta ausencia es lo que todos rehuimos de forma generalmente inconsciente. Incluso muchos ateos descubren de pronto que su vida no tiene sentido, y esto los abruma, sobre todo en momentos de desesperación (económica, sentimental, social, o de cualquier otro tipo) y es entonces cuando son presas fáciles de cualquier cosa que les ofrezca un poco de significado —y la religión, en cualquiera de sus denominaciones, está a la orden del día—. Es así que también resulta relativamente común ver testimonios de “ex-ateos” en youtube.

Antes de continuar, voy a explicar algo importante. Haré una afirmación que a muchos desagradará en primera instancia: La ausencia es un hecho, es real, y por más que se le debata, no puede hacerse nada al respecto. A la mayor parte de las personas les incomodará de pronto esta idea. Les sentará como un balde de agua fría y les seguirá picando como diminuta espina de cacto bajo la uña. Es normal. Pero lo cierto es que es real. No hay significados mayores para el universo. No hay un plan superior. No existen razones ocultas para lo malo o lo bueno que te pasa. Dios no existe. No eres especial. Ni creación divina. Solo eres un animal. Uno que para bien o para mal ha evolucionado a partir de ancestros primates. Que ha desarrollado este enorme órgano que lo dotó de inteligencia y una superior consciencia a la que ha tenido cualquier otra especie conocida hasta ahora. Una capacidad mental tan grande que no solo le permitió controlar el fuego y construir la rueda, sino también le dio un don. El don principal que trae con sigo la inteligencia: la curiosidad, la capacidad extraordinaria de hacer preguntas. Y se hizo muchas preguntas. Y la mayor de ellas:

¿Qué soy, por qué estoy aquí?

Esta pregunta ha tenido muchísimas respuestas a lo largo de los milenios. El hombre ha intentado responderse de muchas y muy diversas formas. Pero he notado algo que al principio me sorprendió y luego me pareció natural. Todas sus respuestas arcaicas han tenido que ver con el hombre en sí. Es decir. Todas las religiones ven a la humanidad como una emanación divina, como creación de los diversos dioses que han sido adorados a lo largo de la historia y la prehistoria. Hay una tendencia marcadamente antropocentrista en las diversas cosmogonías religiosas. No es de sorprender, cuando uno se pone a pensar en ello, digo, la historia, al fin y al cabo es la contada por los hombres. Quizá en la religión de las cucarachas (suponiendo que llegaran a desarrollar consciencia) el gran Dios cucaracha las creó a su imagen y semejanza y les dio el mundo para que gobernaran sobre él.

Así pues, las religiones nacieron, no por la necesidad del homo-sapiens de creer en algo, sino por la necesidad más primitiva del homo-sapiens de poseer significado. Aún cuando el significado sea destructivo, o doloroso, es un significado y siempre es mejor que la ausencia. Siempre es mejor que saberse venido de la naturaleza caótica del universo. El caos tiende al orden, pero el orden siempre estará determinado por el caos. Como alguna vez me parece que dijo Stiphen Hawkins: “no digo que Dios no exista, solo que no es necesario”. En otras palabras, el universo y todos sus fenómenos, grandes y pequeños, desde el movimiento de las estrellas hasta la transmisión de información en las neuronas; desde el electromagnetismo en partículas subatómicas hasta las grandes migraciones de animales, todo ello puede ser explicado por las leyes naturales. Las matemáticas, la física, la química, la biología…

Dios no es más que un intruso en este campo.

Y a menudo escucharé diversos testimonios. Personas que han sido tocadas por sus divinidades. Gente que dice haber tenido experiencias religiosas muy poderosas. Hombres y mujeres que dirán que han presenciado en carne propia el poder de Dios y sus designios vueltos realidad. Testigos de milagros innegables. Profecías que se cumplen. Estatuas que lloran sangre. Santos vivientes que levitan ante los ojos atónitos de los anonadados espectadores.

Con respecto a eso tengo un par de cosas que decir: Primera. Tengo la sospecha no confirmada pero sí muy probable de que la mente humana es demasiado poderosa. Nos hace ver, oír y hacer cosas que parecerían imposibles para las leyes naturales. Además, de que la ciencia actual posee fascinantes implicaciones en las que las excepciones se pueden presentar. Como la posibilidad de dimensiones paralelas infinitas. ¿Quién podría decir que no se trata de eventos interdimensionales variados?

Segunda. Las ciencias formales aún no han tomado enserio esta clase de fenómenos extraños y se centran en otras áreas más prometedoras. Yo creo que se trata simplemente de cosas que, aunque tienen explicación científica, ésta todavía no es encontrada. Se trata solo de áreas aún no exploradas por las ciencias formales. Pero probablemente en algún momento del futuro, lo hoy llamado sobrenatural se volverá natural cuando se estudie sobre ello.

Tercera. En todas las religiones del mundo han existido y seguirán existiendo los “milagros” y demás eventos sobrenaturales, y todas las religiones también los ofrecen como prueba de la veracidad de sus creencias. Pero, si en todas ha habido milagros y manifestaciones del poder de su Dios o Dioses, entonces surge la duda ¿Cuál de ellas tiene razón? Todas tienen cosas buenas, es innegable, aunque todas tienen la desventaja de no ser más que intentos de combatir la ausencia. Así, atribuirle estos milagros y fenómenos aparentemente inexplicables a sus divinidades no es más que otro intento por enfrentarse contra la ausencia. Otra forma de tratar de darle significado a lo que sucede. Porque el significado nos da propósito, paz mental y seguridad.

Ahora explicaré algo importante. Algo con lo que me he topado de pronto. Me di cuenta de que buscar significados superiores en lo que nos ocurre no es más que un autoengaño. Yo no quiero mentirme (aunque lo hago demasiado, todos lo hacemos, pero entre menos me mienta, mejor). En cierto momento, al darme cuenta de esto. Es decir, al tomar consciencia de la ausencia y devanar ideas largamente sobre ello (de lo cual el producto es todo lo anteriormente escrito) me di cuenta. La consciencia y aceptación de la ausencia me da paz. La seguridad de carecer de significado me ha provocado una sensación de alivio. Lo que a muchos en el mundo ha atemorizado y producido complejos sistemas de creencias, a mí me ha producido paz y calma espiritual (por así decirlo).

Ahora me doy cuenta de que lo que motiva a los creyentes en seguir con sus creencias y en la necesidad de más o menos cumplir las normas de la iglesia no es el miedo al infierno, el cual sí que llega a calar a muchos. No, la verdadera motivación se encuentra en el miedo a la ausencia. La carencia de significado es verdaderamente incómoda, aún cuando pocos estén conscientes de este miedo. Así que la motivación de su moral se encuentra, pues, en los designios eclesiales. Es por ello que tratan a toda costa de cumplir sus mandatos. Aunque ello me pone a pensar. Cómo puede alguien llegar a creer en un Dios de infinita sabiduría que creó el universo con todas esas grandes leyes físicas y biológicas y que le dé importancia a asuntos totalmente triviales como prohibir la homosexualidad. Eso es muy extraño. “Y Dios dijo: E=mc2 , y luego agregó: por cierto, la sodomía está prohibida”. Una sensación de WTF llega a mi mente.

La moral religiosa proviene entonces de una serie de amenazas de origen divino para que te portes bien y si lo haces está la promesa de eterna felicidad en la otra vida. Pero si esa es la motivación de la moral religiosa, dónde se encuentra la motivación de la moral para alguien que se encuentra de este lado, es decir, del lado de quienes están conscientes de la ausencia (o como sea que la llamen otros autores, que no cabe duda de que deben ser muchos otros los que han tenido esta rara revelación). Aparentemente, nada me impediría tomar un arma y disparar a cuanta persona, hombres, ancianos, mujeres y niños, que se me cruce en el camino y después suicidarme. Después de todo, no hay infierno al cual ir luego.

En mi opinión, uno no debería ser bueno con los demás y hacer caridad por el miedo al infierno sino por el genuino deseo de ayudar. Este deseo de ayudar, resulta que en realidad es muy humano. No quisiera atacar, además, a la moral religiosa diciendo que la historia está plagada de torturas, esclavitud, sufrimiento y muerte infligidos en nombre de Dios, pero, es verdad.

En todo caso, la moral por la que apuesto es la propuesta por el humanismo secular. No voy a explicar aquí a qué se refiere esta, en todo caso, el lector tendrá que investigar sobre esta.

La ausencia es un vacío que existe para ser llenado, no por significados religiosos, sino por nosotros mismos. Nosotros somos, finalmente, los responsables de nuestro propio destino. Debemos crear nuestros propios cánones de belleza y sentido. Somos perfectamente capaces de dar propósito a nuestras vidas sin intervención de religión alguna. Yo proclamo la libertad-responsable y la tolerancia, como valores máximos.

Por ahora es hasta donde han llegado mis ideas. La consciencia de la ausencia es nuestra aliada, no la enemiga.

Amén.




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