sábado, 21 de septiembre de 2013

Contemplación de la niña pelirroja sentada frente a mí

Besada por el fuego, como les llaman los pueblos libres del frío, lejano y salvaje norte a quienes tienen el cabello encendido en tonos sangrantes, esto según un autor que me gusta. La veo, el rostro más pequeño que soy capaz de imaginar, las manos más tiernas, los gruesos lentes ocultando unos diminutos ojos llenos de sueños coloridos, las pecas cubren sus mejillas sin orden aparente, en una marcha de hermoso caos. Sonríe tímida en un campo de flores y plantas carnívoras mientras recoge sus escarlatas cabellos con un listón que huele a fresas con crema. La baña la luz de un crepúsculo que no se mueve, que permanece ahí, eterno e inmóvil. El sol no quiere dejar de verla.

Sonríe y se sienta a escribir en una pequeña libreta. Escribe los sueños que tuvo un ratón la noche en que su madre murió. Escribe la oración que una niña huérfana dedica a su abuelita imaginaria. Escribe las vicisitudes de la pequeña oruga que cruza de una hoja a otra para hacerse capullo. Escribe los nombres secretos de las rocas, del viento, de cada gota de agua que contiene el vaporoso océano. Ella escribe sin mirar al mundo, a este o a cualquier otro mundo al que ella haya llevado a pasear a esa su sonrisa dulce y enigmática, y así lo seguirá haciendo con esos ágiles y diminutos dedos hasta que su nombre se haya olvidado. Si es que alguna vez alguien lo supo. 

domingo, 25 de agosto de 2013

Gris

Quise ser blanco, brillante, que mi luz iluminara el camino de los perdidos, cual faro en la bruma, como estrella en altamar. Quise despedir fulgurantes destellos. Nieve de Enero. Amanecer en la Antártida. Seda nívea. Papel vacío. Polar blancura. Color de hueso. Quise ser blanco. Pero fracasé, solo supe ser gris.
Así que quise ser negro, oscuro, sombra que enceguece al caminante, abismo en el que se pierde el galeón, como noche sin luna. Quise renegrear mí alrededor. Carbón apagado. Caverna kilométrica. Brea goteante. Vidriosa obsidiana. Cósmica oscuridad. Color de cuervo. Quise ser negro. Pero no lo conseguí, solo supe ser gris.
Intenté pintarme de muchos colores entonces. Intenté ser un arco iris magnífico. Que el rojo, el púrpura, el azul, el verde, recorrieran mi ser. Magenta en las venas. Escarlata en la piel. Cerúleos colores reflejados en los ojos. Dedos dorados. Purpúreos los oídos. Verdosa la cabellera. Quise tener tantos colores en mí. Quise reflejar tantas tonalidades.

Pero lo cierto es que solo supe ser gris. Gris ceniza. Gris humo. Gris roca de río. Gris de metal. Gris de día nublado. Gris como yo.


viernes, 16 de agosto de 2013

El sueño de esta noche

Esta vez es corto porque es poco lo que recuerdo, y es más ya casi no recuerdo mucho de lo que sucedió. Estoy en una habitación oscura. Es de noche pero no identifico muy bien la hora exacta. No estoy solo, hay alguien conmigo. Es una presencia inquietante. Lleva un traje color negro muy bien planchado. Es extremadamente delgado, pero no es muy alto, deberá medir menos de 1.70. Lo realmente perturbador es su cabeza. Esta es redonda y grande, como un balón de basketball (quizá un poco más grande que este). Su piel es clara y amarillenta como la de un taiwanés. Su rostro es realmente desagradable. Los ojos son tan redondos como su cabeza y están como hundidos en las cavidades de su deforme cráneo. No encuentro características destacables en su nariz, pero su boca es enorme, tiene una inquietante sonrisa en la que muestra sus enormes dientes amarillentos.
Si conversamos antes de otros temas no lo recuerdo. Solo llega a mi memoria el momento en el que a mi pregunta de “¿quién eres?” Él responde sin dejar de sonreír: “soy un sueño”.
—Pero no te ves bien— le digo yo.
—Soy un mal sueño— agregó con aire macabro.
Entonces desperté.
La habitación sigue oscura y sigue siendo de noche. Y sigue habiendo algo aquí. O más bien alguien. Giro la mirada y lo veo ahí sentado. Es ese mismo sujeto mirándome con sus redondos ojos que parecen no tener párpados y dedicándome esa terrible sonrisa suya.
—Te he dicho que soy un mal sueño.

Y despierto de nuevo. Esta vez de verdad. Aunque la habitación continúa oscura. 











(De mi colección de sueños escritos desde el 2009)

viernes, 23 de noviembre de 2012

Parásitos trascendentales o El sacrificio del ser

Que sepamos, a menos que alguien me demuestre lo contrario, las cosas siguen cambiando. Las cosas ya no son iguales a como solían ser. Hoy tenemos muchos avances. Hoy hemos perdido mucho de lo que antes éramos. Así también, las cosas deben cambiar.


Recuerdo con una mezcla bizarra de cariño y desprecio lo que antes fui. Y miro hacia el frente, a lo que me espera, a lo que debo ser, a lo que debo convertirme. Tengo miedo. Tanto miedo. Cada paso duele. Cada zancada me desgarra. 
Cada célula de mi cuerpo me grita y me reprende, me grita que este no es el camino. Cada fibra de mi ser vibra con odio, con rencor hacia eso en lo que me estoy convirtiendo, pero me siento cada vez menos libre de sentirme enojado, cada vez más atado a esta desgraciada sonrisa fingida. "¡Este no soy yo!" me grito en mi cabeza. "¡Este es alguien más, un parásito, un ser epífito, algo que debe ser extirpado!". Siento que me traiciono. Me da vergüenza mirarme. Intento retener algunos trozos de mí, de lo que antes fui, de lo que todavía soy. Lo soy a escondidas. 
¿Quién soy? ¿Quiénes éramos antes? Yo solía no temer decir cosas que me hacían sentir bien, como que los odio a todos por igual. Lo sigo pensando, pero últimamente me siento menos cómodo al decirlo. Solía mostrar sin tapujos mi desprecio por el contacto humano prolongado. Hoy tengo que ocultar ese aspecto de mi personalidad. 
¡Es eso! Detesto las multitudes, detesto contactar con las personas, detesto sentir su presencia por más tiempo del que considero adecuado. Antes de este camino que he elegido podría simplemente pasar de ellos, podía simplemente alejarme y ser yo. Solitario, prescindible, olvidado, libre, feliz. Hoy esa elección no es tan fácil. Mi futuro actual depende precisamente del contacto con las personas. Constante, con sus problemas y complicaciones. Con sus frustraciones y sus quejas, que se vuelven mi problema. Y siempre la sonrisa cansada. Fingida, falsa como las máscaras de un carnaval, grotescas y retorcidas por estar donde no pertenecen. 
Ese es mi sentir ahora mismo. Debo sacrificar ese aspecto de mi personalidad por una sencilla razón. Tengo una meta que cumplir, una misión personal (no ultraterrena, mucho menos divina, dada por mí, para mí) algo que debo hacer. Algo que debo SER. Y este es el camino más adecuado que actualmente conozco para conseguirlo. Si es un sacrificio con tal de cumplir esa misión, entonces adelante. Estoy dispuesto a sacrificar mucho de mí, con tal de llegar ahí. 
En alguna parte leí que lo grande de una persona no es medida por sus logros, ni por sus victorias en la vida, sino por los sacrificios que ha hecho para llegar a ser lo que es. Yo no quiero ser así de grande. Yo solo quiero conseguir ESO. Yo solo deseo SER lo que desde hace mucho tiempo me he propuesto. El camino no es fácil, por más pequeña que tu meta sea. Este cambio en mí promete ser recompensado después. Aunque siento que me estoy arrancando un trozo de mi alma, me siento cada vez más comprometido con mi causa, por más que duela, por más que sangre. Como matar a cien para asegurar la supervivencia de millones. Así de importante es mi misión personal. "Así de importante" me repito a mí mismo en voz baja, en un murmullo que se antoja melancólico. 


Sobrevivir a la Mantícora...

miércoles, 18 de julio de 2012

El aroma del humo ajeno


El aroma del humo ajeno. Ese vago vapor que sahúma mi camino. De algún modo que no consigo explicar del todo, me revitaliza, me impulsa a dar un paso más. Pero no. No me impulsa a avanzar como quien busca cumplir sus metas, como quien busca la grandeza o el éxito. No es así. Me impulsa más bien como quien de pronto descubre un nuevo significado. Como quien ha recordado una palabra vieja que luchó tanto por recuperar en su memoria. Como a quien le han quitado los pies pero ha aprendido a volar. Como el que descubre de pronto un nuevo color en el arcoíris. Como quien ha aprendido a sonreír en tiempos de desconsuelo. Como quien ha hallado una razón nueva para levantarse. Como el artista a quien se le manifiesta su musa recostada en su lecho. Como quien descubre la palabra exacta para describir el sentimiento preciso que lo embarga. Como quien es testigo de un efímero pero hermoso evento.
Así es como el aroma del humo ajeno me impulsa. A redescubrir pequeños placeres. A vagar por pensamientos llenos de profundos y abstractos significados. A esbozar una sonrisa, leve, fugaz, placentera en la oscuridad. A contemplar admirado el breve instante en el que ahora mismo vivo. A ser la bolsa vieja de nylon a la que arrastra el viento.
Ausente, olvidado, desconocido, prescindible, libre, tal como siempre quise ser. Por lo menos por un momento, por lo menos durante unos segundos. En este viejo suelo mojado por la lluvia en el que poso mis pies cansados, ahora mismo soy libre. Libre en un sentido tan abstracto que describirlo sería imposible. Libre de ser la montaña lejana. Libre de caminar a la velocidad de mi respiración. Libre para cantar la canción cuya letra no conozco. Libre para enamorarme de fantasmas. Libre de olvidar. Libre de ser olvidado. Libre de soñar despierto. Libre para embriagarme con el aroma del humo ajeno.
Y mientras camino con esa sonrisa que a más de uno se le antojaría siniestra, la catedral al otro lado de la calle reluce en la oscuridad. El húmedo y frío aire de la noche completan la atmósfera necesaria para estar una vez más, parado ahí, pero vagando por lejanas orillas del pensamiento. Desde lovecraftianos confines.
“¿Qué tan lejos puedo ir?” pienso, mientras reanudo el paso, vacilante. Dejo escapar un suspiro de alivio, o tal vez de placer. 

jueves, 10 de mayo de 2012

Palabras de hambre - Hambre de palabras


Tengo hambre, la he tenido toda la mañana, debería salir a comer algo. O debería dejarme morir de inanición. Aún no lo he decidido. No me he dado el tiempo de pensar sobre lo que soy ahora. Sobre lo que tengo ahora. Sobre qué tengo que hacer ahora. Dejar ir algunas cosas, atesorar otras. Agradecer, tal vez al mismo tiempo que maldigo. Y maldigo con mucha frecuencia. Relaciones que caminan por la cuerda floja y duelen más de lo que tenía planeado soportar. Relaciones que se fortalecen con el paso de los días y las semanas, que gozo más de lo que tenía previsto aguantar. Sonrisas involuntarias en los momentos menos adecuados. Abrazos que ardo por recibir, por muy débil que esto me haga sentir, por más vulnerable que me haga parecer. Fuck you, world!
Quisiera, a veces, volver a aquellos días de inspiraciones pasadas. De responsabilidades nulas. Donde no tenía que preocuparme por dar buen ejemplo a nadie. Donde sufrir era más fácil. Aunque admito que hay muchas cosas que no cambiaría para nada de lo que hoy tengo. Ángeles mutantes que me abrazan, que me hacen sonreír, incluso involuntario a mí. Oportunidades que no se me volverán a presentar en la vida.
Aunque hay ocasiones en las que ya no me siento dueño de mí. Poco a poco le pertenezco al mundo en vez de a mí mismo. Poco a poco le pertenezco a otras voluntades. ¿Cuándo dejé de pertenecerme? La distancia cala hondo.
Extraño la presencia de muchas personas en mi vida. Las conversaciones profundas sobre temas profanos y conversaciones profanas sobre temas profundos. Las madrugadas bohemias de alcohol, cigarrillos y videojuegos.
Dramas innecesarios. Vivir me está costando la puñetera vida.
Mejor voy por un sándwich…

domingo, 22 de abril de 2012

As strong as your will...


Asumo mi responsabilidad. Soy el responsable de la sed que tengo, de mis zapatos sucios, de estas preguntas hacinadas entre mis dedos, del sueño que me tumba, de la sangre que brota de esa herida, de reflejo en ese espejo roto, de las palabras cáusticas que te dije una vez y de saberme irremediable.

Últimamente he estado pensando bastante en asuntos apocalípticos. No puedo dejar de imaginar este mundo al borde del colapso y la histeria. No puedo evitar desear un mundo al borde del colapso y la histeria. Lo deseo tanto que casi lo suplico. Despertar un día y ver cómo el fuego consume todo a mí alrededor. Paso tras paso, camino por entre las cenizas de una ciudad que ha sucumbido a las flamas y los gases nocivos. El polvo ensucia mis zapatos y estoy consciente de que parte de esa suciedad solían ser cuerpos humanos. Las grietas en los muros son cada vez más grandes. En el parque en el que solían jugar niños ahora hay solo columpios vacíos y ennegrecidos que se mueven suavemente por el viento de la tarde. La humanidad es solo un recuerdo en aquella gris inmensidad de fierros torcidos y concreto desmoronado que solían conformar una ciudad. Solo un recuerdo de un pasado glorioso, solo un recuerdo de un tiempo en que simios vestidos de Armani se paseaban por rascacielos, conducían porsches y celebraban fastuosas cenas de gala para recaudar fondo para la gente pobre. Hoy solo yo camino por aquí, utilizando mi obligatoria máscara de gas para no morir por la toxicidad del aire. Veo el mundo derrumbado a mis pies, aquello que solía ser un hospital ahora es un campo de escombro y en el parque el pasto se ha secado. Cuesta respirar, pero guardo un secreto, detrás de esa asfixiante máscara, sonrío.

Asumo mi responsabilidad. Soy el responsable de mi apocalíptica fantasía, del miedo que ahora mismo tengo, de mi maldita cojera, de la cicatriz que me recuerda que siempre podría ser peor y que en cualquier momento puede serlo, del humo que disfruto expulsar, de parecer el loco que canta mientras camina por la calle, de los secretos y mentiras que me receto a diario, de saber que no soy infalible, de los anacronismos que me persiguen y acosan y de saberme irremediable.
Un día miraré atrás y sabré que no pudo haber sido de otro modo. Un día, cuando mis zapatos estén sucios de ceniza.  
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