martes, 8 de julio de 2014

Si volara no miraría al cielo...

Anteayer soñé que volaba, me desprendía del sueño como cosa liviana flotando en las nítidas aguas de un estanque. Solo levantaba mis plantas y mi cuerpo suspendido se movía como si nadara en un invisible líquido que me contenía, y que respondía a cada uno de mis movimientos. Extendía los brazos hacia adelante y los llevaba en un rápido movimiento hacia mi espalda y me impulsaba vertiginoso hacia el frente. Nadé por los aires durante todo el camino a casa. Me extasiaba la sensación de ingravidez, aunque no se sentía, definitivamente, como en el espacio, pues aún había abajo y arriba, y el arriba me atemorizaba demasiado. Lo veía tan profundo y ominoso. Una inmensa boca dispuesta a tragarme, tan descomunal que no alcanzaban a verse sus dientes. Por eso procuraba no elevarme demasiado y volar siempre a ras de suelo, sin voltear hacia arriba. Temía ser tragado por el cielo. 

martes, 20 de mayo de 2014

Laberinto

Me he perdido, no recuerdo de dónde vengo o hacia dónde se supone que me dirigía. Hay un pasillo muy largo y oscuro que se alarga en una sola dirección. No miro sino que más bien choco con una puerta frente a mí, es pesada y metálica. La empujo para abrirla, sorprendentemente cede a mi fuerza. Dentro hay un recinto en penumbra, intento buscar un switch para encender la luz, pero no hallo nada, aun así las luces se encienden.
-Gracias –Le digo a quien encendió la luz, me regresa un “por nada”.
Comenzamos a hablar acerca de lo que hay ahí. Ese lugar parece ser un bunquer construido con la intención de servir de protección en caso de guerra nuclear. Dentro, la decoración me transporta a inicios de los años sesentas.  Un eco de “La Naranja Mecánica” de Kubrick llega a mi mente. En un estante que ocupa toda la pared lateral descansa una invaluable colección de libros antiguos (más antiguos que los 60’s, sus empastados y su aroma me hacen pensar en el siglo XIX). Su sola visión me extasía. Algo en la atmósfera del lugar, quizá la sensación de falsa seguridad que ese lugar ofrece contra hipotéticas bombas atómicas, o tal vez sea tan solo la forma en la que está amueblado, decorado y aprovisionado el lugar que hace pensar que su constructor creía que viviría por siempre, no estoy seguro de cuál de estas cosas o ambas o ninguna me hicieron pensar de pronto en la fragilidad de la condición humana y en su estupidez. La gran libélula que me acompaña (¿venía conmigo o me la he encontrado ahí?) mueve su cabeza en un gesto de desaprobación.
-Tienen miedo, ¿sabes? –me dice en tono divertido.
-Lo sé –respondo- el miedo construyó este lugar.
Reflexionamos largo y tendido sobre cómo el miedo había sido una de las fuerzas más grandes que han forjado la civilización humana. Hablamos de cómo al final se destruirían entre sí e ideamos un método para salvar a la humanidad de sí mismos.
Contamos chistes, reímos a carcajadas, nuestras palabras son sagaces y agudas. Damos justo en el clavo de las situaciones, y ofrecemos nuevas perspectivas (generalmente irónicas y graciosas) sobre los distintos temas que tratamos. Recordamos viejos tiempos. Mi infancia, el día que conocí a esa libélula verde que habla conmigo. La reconozco como aquel amigo mágico de mi infancia. Y una duda me asalta de pronto.
-Tengo una duda –cambio de tema, pues en ese instante estábamos hablando de algo distinto, algo que tenía que ver con palabras que suenan parecidas –Yo de niño siempre te llamé “Mosca Verde”, pero, ¿cuál es tu nombre?
Me mira, hay un dejo de divertida condescendencia reflejada en sus ojos compuestos. Adivino en su pensamiento una expresión parecida a “Ay, humano tontito” (No comprendo cómo es que puedo ver en su rostro de insecto todas esas emociones, cómo se puede sonreír con mandíbulas en lugar de labios).
Me dice una sola palabra que yo entiendo como su nombre, en ese momento no le veo nada extraño a esa palabra. Fue como si me hubiese dicho “Andrés” o “Saúl” o algo así.
-Laberinto.

Continuamos charlando un poco más, no recuerdo los temas con exactitud, algo sobre reconocer intenciones ocultas. Un teléfono suena en el fondo de la habitación, ambos volteamos al mismo tiempo. Sobre un pequeño pedestal de mármol descansa un teléfono antiguo de color rojo. Los timbrazos son claros y a intervalos regulares. Me pregunto si debo contestarlo, la libélula me mira como adivinando mi pensamiento y en su expresión reconozco una afirmación, como si dijera “debes”. Me dirijo hacia ahí, pero no alcanzo a llegar, despierto en la madrugada. 

viernes, 31 de enero de 2014

Sueño sin moraleja


En mi sueño, veo una bizarra noticia en la tele en la que un diputado muere en circunstancias extrañas: su cabeza es aplastada hasta la muerte cuando un hombre que está realmente contento con el desempeño del político, le acaricia la mollera. Se trataba realmente de un político honesto a quien un bien intencionado ciudadano intenta agradecerle con un gesto su buen trabajo, ignorando que el diputado padecía una terrible condición congénita que volvía sus huesos extremadamente frágiles.
La escena en la que su cráneo es aplastado hasta que eso deja de parecer una cabeza humana es repetida una y otra vez mientras la voz de fondo del conductor explica con detalle los pormenores del suceso sin asomo de respeto hacia el difunto o sus seres queridos. 

Al despertar tengo la sensación de haber aprendido una moraleja, aunque no consigo recordar cuál es.


sábado, 21 de septiembre de 2013

Contemplación de la niña pelirroja sentada frente a mí

Besada por el fuego, como les llaman los pueblos libres del frío, lejano y salvaje norte a quienes tienen el cabello encendido en tonos sangrantes, esto según un autor que me gusta. La veo, el rostro más pequeño que soy capaz de imaginar, las manos más tiernas, los gruesos lentes ocultando unos diminutos ojos llenos de sueños coloridos, las pecas cubren sus mejillas sin orden aparente, en una marcha de hermoso caos. Sonríe tímida en un campo de flores y plantas carnívoras mientras recoge sus escarlatas cabellos con un listón que huele a fresas con crema. La baña la luz de un crepúsculo que no se mueve, que permanece ahí, eterno e inmóvil. El sol no quiere dejar de verla.

Sonríe y se sienta a escribir en una pequeña libreta. Escribe los sueños que tuvo un ratón la noche en que su madre murió. Escribe la oración que una niña huérfana dedica a su abuelita imaginaria. Escribe las vicisitudes de la pequeña oruga que cruza de una hoja a otra para hacerse capullo. Escribe los nombres secretos de las rocas, del viento, de cada gota de agua que contiene el vaporoso océano. Ella escribe sin mirar al mundo, a este o a cualquier otro mundo al que ella haya llevado a pasear a esa su sonrisa dulce y enigmática, y así lo seguirá haciendo con esos ágiles y diminutos dedos hasta que su nombre se haya olvidado. Si es que alguna vez alguien lo supo. 

domingo, 25 de agosto de 2013

Gris

Quise ser blanco, brillante, que mi luz iluminara el camino de los perdidos, cual faro en la bruma, como estrella en altamar. Quise despedir fulgurantes destellos. Nieve de Enero. Amanecer en la Antártida. Seda nívea. Papel vacío. Polar blancura. Color de hueso. Quise ser blanco. Pero fracasé, solo supe ser gris.
Así que quise ser negro, oscuro, sombra que enceguece al caminante, abismo en el que se pierde el galeón, como noche sin luna. Quise renegrear mí alrededor. Carbón apagado. Caverna kilométrica. Brea goteante. Vidriosa obsidiana. Cósmica oscuridad. Color de cuervo. Quise ser negro. Pero no lo conseguí, solo supe ser gris.
Intenté pintarme de muchos colores entonces. Intenté ser un arco iris magnífico. Que el rojo, el púrpura, el azul, el verde, recorrieran mi ser. Magenta en las venas. Escarlata en la piel. Cerúleos colores reflejados en los ojos. Dedos dorados. Purpúreos los oídos. Verdosa la cabellera. Quise tener tantos colores en mí. Quise reflejar tantas tonalidades.

Pero lo cierto es que solo supe ser gris. Gris ceniza. Gris humo. Gris roca de río. Gris de metal. Gris de día nublado. Gris como yo.


viernes, 16 de agosto de 2013

El sueño de esta noche

Esta vez es corto porque es poco lo que recuerdo, y es más ya casi no recuerdo mucho de lo que sucedió. Estoy en una habitación oscura. Es de noche pero no identifico muy bien la hora exacta. No estoy solo, hay alguien conmigo. Es una presencia inquietante. Lleva un traje color negro muy bien planchado. Es extremadamente delgado, pero no es muy alto, deberá medir menos de 1.70. Lo realmente perturbador es su cabeza. Esta es redonda y grande, como un balón de basketball (quizá un poco más grande que este). Su piel es clara y amarillenta como la de un taiwanés. Su rostro es realmente desagradable. Los ojos son tan redondos como su cabeza y están como hundidos en las cavidades de su deforme cráneo. No encuentro características destacables en su nariz, pero su boca es enorme, tiene una inquietante sonrisa en la que muestra sus enormes dientes amarillentos.
Si conversamos antes de otros temas no lo recuerdo. Solo llega a mi memoria el momento en el que a mi pregunta de “¿quién eres?” Él responde sin dejar de sonreír: “soy un sueño”.
—Pero no te ves bien— le digo yo.
—Soy un mal sueño— agregó con aire macabro.
Entonces desperté.
La habitación sigue oscura y sigue siendo de noche. Y sigue habiendo algo aquí. O más bien alguien. Giro la mirada y lo veo ahí sentado. Es ese mismo sujeto mirándome con sus redondos ojos que parecen no tener párpados y dedicándome esa terrible sonrisa suya.
—Te he dicho que soy un mal sueño.

Y despierto de nuevo. Esta vez de verdad. Aunque la habitación continúa oscura. 











(De mi colección de sueños escritos desde el 2009)

viernes, 23 de noviembre de 2012

Parásitos trascendentales o El sacrificio del ser

Que sepamos, a menos que alguien me demuestre lo contrario, las cosas siguen cambiando. Las cosas ya no son iguales a como solían ser. Hoy tenemos muchos avances. Hoy hemos perdido mucho de lo que antes éramos. Así también, las cosas deben cambiar.


Recuerdo con una mezcla bizarra de cariño y desprecio lo que antes fui. Y miro hacia el frente, a lo que me espera, a lo que debo ser, a lo que debo convertirme. Tengo miedo. Tanto miedo. Cada paso duele. Cada zancada me desgarra. 
Cada célula de mi cuerpo me grita y me reprende, me grita que este no es el camino. Cada fibra de mi ser vibra con odio, con rencor hacia eso en lo que me estoy convirtiendo, pero me siento cada vez menos libre de sentirme enojado, cada vez más atado a esta desgraciada sonrisa fingida. "¡Este no soy yo!" me grito en mi cabeza. "¡Este es alguien más, un parásito, un ser epífito, algo que debe ser extirpado!". Siento que me traiciono. Me da vergüenza mirarme. Intento retener algunos trozos de mí, de lo que antes fui, de lo que todavía soy. Lo soy a escondidas. 
¿Quién soy? ¿Quiénes éramos antes? Yo solía no temer decir cosas que me hacían sentir bien, como que los odio a todos por igual. Lo sigo pensando, pero últimamente me siento menos cómodo al decirlo. Solía mostrar sin tapujos mi desprecio por el contacto humano prolongado. Hoy tengo que ocultar ese aspecto de mi personalidad. 
¡Es eso! Detesto las multitudes, detesto contactar con las personas, detesto sentir su presencia por más tiempo del que considero adecuado. Antes de este camino que he elegido podría simplemente pasar de ellos, podía simplemente alejarme y ser yo. Solitario, prescindible, olvidado, libre, feliz. Hoy esa elección no es tan fácil. Mi futuro actual depende precisamente del contacto con las personas. Constante, con sus problemas y complicaciones. Con sus frustraciones y sus quejas, que se vuelven mi problema. Y siempre la sonrisa cansada. Fingida, falsa como las máscaras de un carnaval, grotescas y retorcidas por estar donde no pertenecen. 
Ese es mi sentir ahora mismo. Debo sacrificar ese aspecto de mi personalidad por una sencilla razón. Tengo una meta que cumplir, una misión personal (no ultraterrena, mucho menos divina, dada por mí, para mí) algo que debo hacer. Algo que debo SER. Y este es el camino más adecuado que actualmente conozco para conseguirlo. Si es un sacrificio con tal de cumplir esa misión, entonces adelante. Estoy dispuesto a sacrificar mucho de mí, con tal de llegar ahí. 
En alguna parte leí que lo grande de una persona no es medida por sus logros, ni por sus victorias en la vida, sino por los sacrificios que ha hecho para llegar a ser lo que es. Yo no quiero ser así de grande. Yo solo quiero conseguir ESO. Yo solo deseo SER lo que desde hace mucho tiempo me he propuesto. El camino no es fácil, por más pequeña que tu meta sea. Este cambio en mí promete ser recompensado después. Aunque siento que me estoy arrancando un trozo de mi alma, me siento cada vez más comprometido con mi causa, por más que duela, por más que sangre. Como matar a cien para asegurar la supervivencia de millones. Así de importante es mi misión personal. "Así de importante" me repito a mí mismo en voz baja, en un murmullo que se antoja melancólico. 


Sobrevivir a la Mantícora...
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