domingo, 13 de julio de 2008

martes, 8 de julio de 2008

De Sueños y Venenos


Y piensas que la espada solo te ha herido a ti, pero es porque no has sentido lo cálido de mi sangre correr por mi piel.
Y sueñas con figuras fantasmales que desean tu cordura como alimento, pero no te has dado cuenta que ya han pasado sobre mi, pero usando distintas máscaras.
Y supones que tus pesadillas podrían envenenarme a mi también, pero no te has detenido a pensar que yo deseo beber de ese veneno hasta igualar su toxicidad a la que corre por tus venas.
Somos lo que somos y eso no podemos cambiarlo con palabras, ni con ausencia, ni con lamentos, porque somos víboras en un cesto del destino, porque somos escorpiones atrapados en un aro de fuego lastimándonos con nuestros propios aguijones, porque somos estrellas en proceso de convertirnos en supernova y agujero negro.
Siento que esa sombra que engendró tu alma es la misma que engendró la mía, usando valores idénticos de destino, pero con valores antagónicos de dolor.
Merezco esa roca que cargas sobre tus hombros tanto como tú mereces ese injusto cielo que me adorna la cabeza con ligero viento.
Pero cuando me acerco a ti, el éter del que mi conciencia está formada se torna sueño sólido, se vuelve tornasolado, adornado de sabores, aromas y sensaciones que nunca podría haber imaginado, siquiera que existían.
Eres la personificación de todo lo que guardé en el secreto cofre de mis deseos, tan dulce como el divino néctar, tan mítico alimento como el maná, tan suave como los pétalos de cerezo que danzan en el viento, tan venenosa como el aliento del basilisco, tan dolorosa como las cuchillas de mis propias pesadillas.
Superas la imaginación de la que soy capaz de hacer uso, por que nada puede compararse a lo que azota mi psique con dulces y dolorosas ráfagas vibrantes de piel, de miradas, que lanzan material onírico contra mi, asediando la corteza de la que está fabricada mi fortaleza de miedos.
He sido desencadenado del fondo del Estigia para volar hasta donde te encuentras esperando con una sonrisa y un pañuelo blanco, como mi muerte.
Y ahora extiendes tu mano, en ademán de esperanza, sobre mi frente necesitada de tus dedos, sobre esta alma humana y frágil, adormecida entre elixir y vapores provenientes de la neblina de tus recuerdos.
Ahora eres el infierno que tanto necesitaba mi paraíso gris e insípido, eres el canto en el sepulcral silencio, el aroma del que el agua carece, el sabor que el aire no tiene. Eres materia en el vacío.

miércoles, 2 de julio de 2008

La sencillez del hombre complicado


Hace poco escuchaba algunas canciones de Nacho Vegas mientras bebía un cargado café. Escuchaba atentamente las letras – esto era porque no tenía nada importante que hacer, y si así fuera, lo ignoraba por completo – y noté la sencillez de sus letras, un tipo especial de sencillez, ese en el que te das cuenta de sufrimientos ajenos como si pudieras verlos, tocarlos, sentirlos, en donde te transportas a aquellas miserias tan reales que te cuesta trabajo admitirlas, tal como cuando la miseria del hombre que duerme en las banquetas y se cobija con sucios retazos de cartón se hace presente y al notarlo sentado ahí, con las manos cubiertas por mugre y sucios guantes rotos desde donde sobresalen sus dedos, con una mirada desgarradora de perro hambriento, nosotros giramos la vista hacia otra dirección y hacemos de cuenta que la miseria sentada en esa banqueta es un cuento de hadas, un producto de nuestra imaginación, una mala broma de nuestro cerebro. Es una sencillez de esas que te muestran la crudeza de lo que es real nos guste o no, nos lo parezca o no. La sencillez real y lacerarte.
Pero menciono esto, no como crítica, no con intención de dar una opinión acerca del trabajo de Vegas, ni siquiera con motivo de dictar un juicio sobre su música, sino más bien como preámbulo de lo que acontecería luego. No fueron las letras sencillas y desgarradoras las que me han inspirado esto, sino lo que me hicieron saber sobre mi mismo. Algo que nunca me había dignado a ver por más evidente que fuera, tal como sucede con aquel pordiosero harapiento.
Mi vida, desde el principio, ha resultado de lo más típica. Padres comunes, hermanos, lo suficientemente comunes, escuelas, abuelos, familia, algunos pocos amigos – me considero escrupuloso a la hora de escoger mi compañía – y por el estilo. Escuela con calificaciones promedio (por no decir mediocres), sin talentos especiales o espectaculares. Mi vida, pues, ha resultado muy sencilla, o más que sencilla, insípida, triste, mediocre, incolora, falta de emociones grandes o especiales. Ha habido dos que tres extraños giros en mi existir, de los cuales he sido timonero, pero nunca han sido suficientes.
En mi mismo soy un hombre muy sencillo, con cualidades muy comunes. Pero, según me han dicho, con una gran presencia, un poder insospechado que no deseo, necesito pasar desapercibido. Pero mis necesidades son ignoradas por mis cualidades y defectos. Soy la estatua en el parque que todos pueden ver pero nadie toma en cuenta.
Y por lo aburrido y miserable de mis hechos cotidianos he desarrollado un extraño complejo. El complejo de complicación. Siempre intento, por cualquier medio, complicar mi propia vida, como punición o como alivio. A modo de reivindicación con la falta de emociones en mis días. Busco dolor, sufrimiento, amargas situaciones, miedos, fascinaciones, incomprensiones, locuras, heridas incurables. Busco arrancarme el alma a pedazos, la destrucción de mi propio ser, la abolición de mi tranquilidad, la ruptura múltiple de mi ya de por si estigmatizado corazón, el envenenamiento de mi inspiración, la corrupción de las esperanzas. Todo esto con tal de dar a mi vida algunas complicaciones, algo en que entretener mis cansados pensamientos. El peso que llevo sobre mi espalda es el que yo mismo me he puesto. Y siempre con toda intención. Con tal de poder sentir, sentir algo.
Es agregar colores a un lienzo en blanco, aunque sea el color de mi sangre. El llenar el silencio con sonido, sin importar si es el ruido de mi agonía. Dar algo de sensaciones a mi piel, no importa que duela. Prefiero sentir dolor que no sentir nada.
Soy un hombre sencillo con aires de complicación.






lunes, 16 de junio de 2008

El circulo vicioso de la sorpresa


Y justo cuando creíste que todo había sido hecho y dicho, que ya nada podía ofrecer, te sorprende con otra tontería, te aterroriza con un nuevo susto, o te hace suspirar nuevamente con poesía jamás antes escuchada, te muestra territorios completamente nuevos y te cuenta historias que nunca se te hubieran ocurrido posibles. Las posibilidades se vuelven infinitas de nuevo, nuevas sonrisas, nuevos miedos, nuevas alegrías, y nuevas decepciones.
Cada palabra de su boca se materializa tal como ha sido descrita. Soldados alados en reinos arborícolas, pesadillas cabalgando en nubes de tormenta, miel escurriendo de la herida de un misterioso ser marino, luces que caminan entre los árboles, como farolas fantasmales. Pero ¿y si todo no fuera mas que un nuevo sueño del que nos parece imposible despertar? ¿Y que si la realidad al abrir los párpados nos parece insípida, anémica y todo aquí o allá no es más que la manifestación de nuestros infiernos inconcientes? No se los demás, pero mi infierno me gusta y no quiero despertar otra vez. O nunca más.
Y justo cuando creíste que nada nuevo podía pasar, nuevamente caen del cielo las estrellas que nunca deseaste pero no te arrepientes de haber recibido. Tardarás en adaptarte, en descubrir la monotonía en la sorpresa, y cuando lo hagas, saldrás corriendo de nuevo para buscar un nuevo límite, hasta convertirlo en normalidad y así sucesivamente, hasta desaparecer.

Estos son los círculos. Esto es magia prohibida. Esto es la esencia del fantasma.

jueves, 12 de junio de 2008

¿Qué es lo último que espero ver hoy?

Un payaso con una pata de palo dirigiendo el tránsito.
El desayuno del presidente municipal en mi plato.
Una mujer con traje de Chanel pidiendo limosna.
Una mancha de café en un libro con la forma de una pintura de Dalí (El gran Masturbador).
Las calles solitarias de gente y transitadas por millones de caracoles apresurados en una sola dirección (lo más apresurado que puedan ir los caracoles).
El vestido favorito de mi madre flotando por el malecón.
Una taza de té verde en una ferretería.
Mimos discutiendo sobre la trascendencia de los decretos constitucionales y las repercusiones de las acciones políticas en la economía latinoamericana (en lenguaje de mimo por su puesto).
Una palabra inteligente en un programa de espectáculos.
Un ave de oro en una jaula de plata comiendo semillas de bronce.
A un gato humilde.
Una sonrisa de mariposa.
El color de un “te amo”.
Las lágrimas del océano distinguidas del resto de sus aguas.
A Fidel Castro ondeando una bandera de Estados Unidos, jubiloso.
Un mendigo en un BMW.
La mujer más bella del mundo.
Un nido de gárgolas.
Paris.
La coincidencia de encontrarnos en el mismo lugar a la misma hora, con las mismas palabras y distintas intenciones.
Y finalmente: La lista de lo último que espero ver hoy.

jueves, 5 de junio de 2008

En el altar de mis sacrificios (o, No recuerdo la última vez que tuve un recuerdo)


Un cigarro, al mismo tiempo que muero, el cigarro abandonado en el cenicero me acompaña en esa lenta y calcinante agonía. ¿Sabes a que sabe la muerte? No se la tuya, pero la mía sabe a ceniza, a vino, al amanecer de anteayer, al quejido del pájaro mañanero, a tu voz, a tus labios, a mi humo. Estas tienen pinta de ser mis últimas palabras y se me antojan mojadas, tal vez rotas. ¿Y que más da cuando ya no puedes con tu garganta? ¿Qué más da si hay madres solteras, niños en las calles, ancianas prostituyéndose, sacerdotes pederastas, soldados matando inocentes? La inocencia es subjetiva, la verdad lo es también y mi única verdad se ha ido junto con tus últimas palabras, junto con mi última gratitud. Verdadera como pocas cosas saben serlo.
Quería ser libre, quería moverme con mis propias alas de insecto, palpar el terreno áspero con mis propias antenas, vender mi propia alma. Ahora no queda nada mío que ofrecer a las llamas del sacrificio. Autodestrucción, hermosa autodestrucción. Antimaterialismo disléxico. Filosofía de la perversión moral. Política del genocidio justiciero. Rito de iniciación al arte de dejar de existir. Este minuto ha sido cazado y ahora su cabeza pende cual trofeo en mi pared, junto las testas de Satanás, mi musa y Dios.
Asco, y más asco, hiere mi ser. Ánima, linda palabra, trágica palabra, indigna de ser proferida por mis sucios labios, por mi pecadora garganta. Soy tu sombra, y tu luz, tu tormento y tu regocijo, tu asiento y tu estaca. Crees que ya no me verás, pero no sabes que hasta los ciegos me ven, porque para mi no hay cosa imposible, excepto tocar tu ombligo.
"¿Puedes verme?" preguntaste aquella vez, y yo te he dicho que no, mentí, mentí como suelo hacerlo siempre, he visto tu cuerpo, he visto tus pechos y tu flor desnuda, he mentido y por ello he sido maldito. Ya no mentiré, no tengo lengua, ya no te veré más, ya no tengo ojos, nunca volveré a escuchar tu voz, mis tímpanos han sido extirpados, junto a mi alma, he pecado al pronunciar esta palabra, esa falsa negación, pero ya no tengo otra prenda que ofrecer, ¿quieres mi conciencia, que tal mi imaginación, te ofrezco mi silencio, te apetecen mis recuerdos, aún sobra algo de cinismo en mí, lo deseas? No se me ocurre nada más que darte para deshacerme de esta maldición...
No quiero deshacerme de ella, en cualquier caso.

lunes, 26 de mayo de 2008

De visiones itinerantes



El viaje de un hombre. Empezando por aquella ventana donde se reflejaban los paisajes pasando constantemente de adelante hacia atrás. Los ríos parecían tan lejanos, y al mismo tiempo creía que solo hacía falta estirar los brazos para sentir la temperatura de sus aguas. Los cerros, algunos presumiendo un verdor de lo más exuberante y otros secos y pajizos, pero todos ellos, cada uno a su particular modo, bello en esencia. Poblado tras poblado, pequeños y grandes en la lejanía y en sus zonas céntricas, los vi, cada uno de ellos desde distintos ángulos, cada uno de ellos con su particular magia. Y así fue hasta que ya entrada la madrugada llegamos a lo que me pareció primero un mar de luces que no tenía orillas, puesto que se extendía hasta donde la vista alcanzaba. Era la Ciudad de México. No era magnífica o imponente, más bien era ‘grande’.

Pero sucedió algo intrigante cuando llegamos a lo que perecía ser el centro de la ciudad. En la zona histórica. Había magia. Los edificios nuevos eran contiguos a las antiguas construcciones coloniales, eran las dos, casi tres de la mañana y el lugar era una desolación apenas iluminada por las lámparas que nunca son suficientes. Los callejones eran casi intermitentes entre cuadra y cuadra, y cada uno parecía conservar su propia leyenda. Las mortuorias luces nocturnas iluminaban las calles aledañas al centro. Había casas particulares sumergidas en un antiguo encanto y la pintoresca fachada cubierta por la esencia de lo colonial, las paredes roídas por el inclemente tiempo, saturadas de misterio y embeleso. Las personas que logré ver en las calles iban solas, cubiertas hasta el cuello por gruesos abrigos y bufandas que apenas dejaban ver solamente sus ojos. Sus manos metidas en las bolsas de las esponjadas chamarras y caminando encorvadas hacia delante como resistiendo la tormenta formada por el sueño, la historia y sus propias tempestades internas.


Pronto nos unimos a un grupo de personas irrelevante para relatar mis impresiones. No las mencionaré. El viaje fue reanudado poco antes del amanecer. Eran las seis de la mañana. Las personas salían de sus cómodas madrigueras en mayor número, veía el metro pasar por sus monótonas vías ya poblado por gente tan distinta entre sí que parecía ver un mosaico de pensamientos expresados en las actitudes y rostros de esas gentes. Nos alejábamos de una Ciudad de México aún sumergida en las sombras de un amanecer que se notaba lento, renuente a hacerse presente por el empotrado horizonte del este. Se arrastraba, reptaba por el cielo la luz del sol que no quería asomar sus ígneos contornos. Pero lo hizo al fin. Y comenzó a dibujarse otra silueta. Otras, mejor dicho.

En las lejanías, que pronto y poco a poco se convertían en cercanías, se pudo distinguir a los volcanes. Iztaccihuatl y Popocatépetl, coronados de blancura y rodeados de una poco densa franja nubosa. Pocas veces o nunca los había visto tal como aquella ocasión en que incluso los rodee. Estábamos en Puebla, interminables campos abiertos, algunas zonas industriales pero en la lontananza se podían distinguir las montañas blancas. Cual eternos centinelas de lo que alrededor aconteciera, estén o no los hombres en las praderas y altiplanos circundantes.

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